Aventuras en bicicleta

En tándem a 4000 metros. Cruce del Paso de Jama (preparando la Vuelta al Mundo)

Por Andrés Ruggeri y Karina Luchetti andres@infobiker.com.ar

 

SÍNTESIS: Cruce en tándem del Paso de Jama, entre Tilcara (Jujuy) y San Pedro de Atacama (Chile). 460 km. por un camino exigente, con las enormes cuestas de Lipán (4170) y la Pacana (4830).

 

 

Recorrido

Tilcara (Jujuy, Argentina) a San Pedro de Atacama (Chile)

 

Distancia

 458 km.

 

Puntos sobresalientes

del trayecto

Cuesta de Lipán, Quebrada del Mal Paso, Cordón del Taire, Salar de Olaroz, Reserva Los Flamencos, Abra de la Pacana

 

Fecha

4/12 a 10/12 de 2005

 

Bicicleta

Tándem fabricado por Alejandro Luca, 21 vel.

    Participantes Andrés Ruggeri y Karina Luchetti

 

El Paso de Jama es uno de los pasos andinos más altos que unen Argentina y Chile, recientemente pavimentado en su totalidad para convertir un remoto cruce cordillerano en uno de los principales corredores bioceánicos de América del Sur. A través de sus alturas circula un creciente tráfico comercial entre los países del MERCOSUR y los puertos del Pacífico chileno e incluso peruano. Pesados camiones suben trabajosamente las empinadas cuestas que llevan a la Puna y algunas cruces a los costados del camino muestran los riesgos que para ellos lleva recorrer esta ruta, cargados con toneladas de mercadería.

Si bien el Paso de Jama, en la frontera, no es el más alto entre la Argentina y Chile, con “apenas” 4.200 metros sobre el nivel del mar, la ruta llega en territorio chileno a los 4.830 m.s.n.m. del Abra de la Pacana, volviendo a superar los 4.800 en otra ocasión. Por algunas decenos de metros la carretera no alcanza al mítico Abra del Acay.

Desde el lado argentino, la cuesta de Lipán asciende 2.000 metros en 42 km.; una subida inacabable, que es un desafío para cualquier ciclista. A partir de allí la ruta transcurre por encima de los 3.500 metros. Desde la frontera no baja de los 4.000, hasta el comienzo del descenso vertiginoso que lleva a San Pedro de Atacama, el primer sitio poblado en 157 km. Como todos los caminos de altura, las condiciones para el trabajo aeróbico son extremas por la escasez de oxígeno, las radiaciones solares se sienten aun con frío, las noches son heladas, con temperaturas bajo cero y el viento se levanta con furia creciente a medida que avanza el día.

Estas condiciones de dificultad son los motivos por los que elegimos el Paso de Jama como un desafío fundamental en nuestra preparación para la vuelta al mundo en bicicleta tándem, que proyectamos realizar próximamente. Superarlo no sólo tiene valor en sí mismo, sino que nos indicaría también nuestras condiciones y la viabilidad de una bicicleta tándem para un proyecto como ese. Entre otras cosas, porque los tándem tienen mala fama para las subidas. Y en un recorrido de decenas de miles de kilómetros, cuestas no van a faltar.

Además, para este trayecto obtuvimos el apoyo del Instituto Interdisciplinario Tilcara, dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que proveyó una camioneta, una filmadora y un equipo de dos personas para realizar el documental del cruce. Esto también está vinculado con uno de los objetivos de la vuelta al mundo que nos proponemos, en la cual planteamos un trabajo documental con las Universidades de los países que atravesaremos. También en ese aspecto, entonces, el cruce de Jama fue una prueba piloto de nuestra futura travesía. Pero, a pesar de contar con una camioneta que nos seguía, sólo la utilizamos como apoyo para llevar la provisión de agua, más que escasa en las desérticas zonas atravesadas. El resto del equipo lo cargamos completo la totalidad del camino.

 

1. Lipán

El domingo 4 de diciembre por la tarde salimos de la residencia del Pucará de Tilcara en que nos alojábamos para desandar el primer tramo de nuestro camino. La ruta de Jama empieza propiamente en Purmamarca, subiendo desde el mismo cruce de acceso al pueblo, por lo que queríamos hacer el trecho entre Tilcara y Purmamarca en la primera jornada, de modo de poder atacar la cuesta desde temprano al día siguiente. Sabíamos que era larga y existía la posibilidad de no llegar hasta la cima si antes teníamos que recorrer los casi 30 kilómetros por la quebrada de Humahuaca desde donde nos encontrábamos. Con el tándem cargado a tope, salimos a la ruta y, a eso de las 6 de la tarde, entrábamos al pintoresco pueblo de Purmamarca, con su cerro de los siete colores y enormes puestos de venta de artesanías.

Atrás quedaban algunas dificultades previas y, por delante, 430 kilómetros de duro camino hacia San Pedro de Atacama.

Temprano salimos de Purmamarca y subimos al asfalto reluciente de la ruta 52. Algunas casas y plantaciones nos acompañaron durante un par de kilómetros, y luego, sólo la subida y el sol de la montaña. Estábamos a 2.200 metros y tendríamos que pedalear hasta los 4.170 del Abra de Potrerillos. Pronto el camino se hizo más árido y se fue metiendo entre la montaña que, amenazante, cubría toda visión más allá de su muralla de piedra. Diez kilómetros más adelante, pasamos el puente sobre el último curso de agua que vimos en el camino, el río Huachichocana, y empezamos a subir una pendiente mayor. El camino, que hasta ese momento era más o menos recto, empezó a curvarse y zigzaguear, y el andar del tándem se fue haciendo cada vez más lento, hasta estabilizarse en alrededor de 6 km/h. La cuesta era cada vez más pronunciada y subíamos trabajosamente, con paciencia, plato chico y piñón grande, curva tras curva, mientras el día avanzaba, bastante más veloz que nosotros.

Los últimos kilómetros de la cuesta de Lipán nos encontraron exhaustos, subiendo un zigzag de curvas cerradísimas, en que los camiones nos pasaban lentamente, saludando nuestro esfuerzo. Desde la última recta, faltando algunos kilómetros para la cima, veíamos a nuestro frente las curvas dibujadas sobre la ladera de la montaña: una, dos, tres... seis, en un espiral que nos condenaba al sufrimiento de una pendiente que obligaba al máximo en cada pedaleada. El tándem también zigzagueaba lentamente, porque la velocidad era tan baja que había que mantener el equilibrio a fuerza de brazos y movimientos de dirección, mientras toda la potencia que podíamos ejercer sobre los pedales apenas alcanzaba para superar el paso de un caminante.

Finalmente, dimos la última curva y nos encontramos en una cumbre desolada, donde un viento furioso nos barría y nos obligó a bajar de la bicicleta. Hicimos unos metros empujando el armatoste hasta llegar a otra curva que nos permitió volver a subir y coronar los 4.170 metros del abra. Ya eran las 19.30 hs., e hicimos a toda velocidad el descenso hasta llegar a un paraje llamado Ronqui Angosto, donde nos pudimos refugiar en una casita de piedra, hecha por los pastores de altura de la zona, a un costado de la ruta. Cansados, tratando de escapar al frío y al viento, pasamos la noche a casi 4.000 metros de altura.

 

2. En la Puna

El sol del día siguiente calmó un poco el dolor de cabeza que la altura nos regaló a la noche. El camino se mostraba más amigable. Aunque la pendiente no era demasiado pronunciada, seguimos bajando hasta encontrar el cruce de la ruta 40 y, poco más allá, las fantásticas Salinas Grandes, donde los surcos de los camiones que extraen la sal marcaban trazos en todas direcciones sobre un panorama que, de no saber, se podría confundir con nieve.

Las salinas ya están en pleno altiplano, la célebre Puna de Atacama, que más allá de las blancas extensiones saladas mostraba un raro tono verdoso, marcado por pastos duros donde deambulaban rebaños de llamas y alpacas, principal rubro de la ganadería de la zona. Después del mediodía, el viento comenzó a arreciar, a lo que se sumó una nueva cuesta, atravesando la Quebrada del Mal Paso, antes de llegar al pequeño pueblo de Susques. Para las desérticas extensiones que atraviesa el corredor de Jama, Susques, donde está asentada la Aduana, un diminuto poblado puneño, es casi una metrópoli. Nos alojamos en un modesto hospedaje, después de haber hecho algo más de 90 kilómetros, contrastando con los apenas 50 del día anterior.

 

3. Salar de Olaroz

La salida de Susques nos obligó a superar los 4.000 metros nuevamente, subiendo 14 kilómetros ininterrumpidos por el cordón del Taire. El panorama se hizo aun más árido y el terreno se mantuvo en lo sucesivo por encima de los 3.800 metros. Pasando el Taire, una pendiente larga muestra al fondo el extenso salar de Olaroz, y más allá los bordes de la cordillera andina que debíamos superar para entrar en Chile. Sin embargo, la ruta, por alguna razón topográfica que desconocemos, rodea completamente el salar, dando una vuelta de 130 kilómetros. Atravesamos una reserva de fauna, donde pudimos avistar algunas vicuñas, y debimos enfrentar un viento creciente mientras nos arrastrábamos alrededor del Olaroz bajo un sol brutal.

El viento se hizo insoportable mientras dábamos la extensa curva que nos llevaba al otro lado del salar. La tarde avanzaba y la posibilidad de llegar a la frontera ese mismo día se hacía cada vez más remota.

Cuando logramos llegar del lado occidental del salar, se hizo evidente que deberíamos buscar un refugio para pasar la noche. Un caserío llamado Archibarca parecía el lugar indicado. Había dos o tres casas y una pareja de pastores puneños habitaba el paraje. Nos dijeron que unos kilómetros más adelante había un campamento donde nos podríamos quedar. Mientras, una llama coquetamente adornada con cintas de colores en las crines lengüeteaba la bicicleta.

Dicho lugar fue imposible de hallar, probablemente porque no existía, y decidimos improvisar un campamento, reparado en el cemento de una alcantarilla de la ruta, unos 10 kilómetros más adelante. Estábamos nuevamente cerca de los 4.000 metros, y la puna se hizo sentir a la noche. Un persistente dolor de cabeza hizo larga la espera del amanecer. Por suerte, el frío fue soportable.

 

4. La frontera

A las 6 de la mañana el paisaje desde la puerta de la carpa era digno de Marte. Un sol rojizo se abría paso en la oscuridad y teñía de anaranjado el cielo, y sólo algunas piedras se destacaban entre el suelo árido. El frío congelaba las manos y retrasó la salida prevista, hasta que los rayos solares calentaron un poco el ambiente. Los 45 kilómetros que restaban hasta el puesto fronterizo se hicieron bastante rápidos. A pesar de que el terreno subía en los primeros diez kilómetros, se emparejaba al rodear la Salina de Jama y el viento no se hacía notar demasiado todavía. A lo lejos ya se veían las instalaciones de la frontera, un par de edificios que albergan la gendarmería, migraciones y la aduana.

Esas casas, sin que lo esperáramos, se nos hicieron sumamente familiares. Al mediodía llegamos a la frontera, junto con la camioneta que nos filmaba. Nos encontramos con la sorpresa que el vehículo tenía problemas para salir del país, por ser propiedad de la universidad y no tener la documentación correcta. Como parecía que el problema se podía solucionar, nos quedamos esperando que la camioneta fuera y volviera de Susques, para finalmente enterarnos que debía volver a Tilcara. Para ese entonces, ya era muy tarde para seguir camino.

De todos modos, los gendarmes se mostraron muy amables y nos pudimos quedar a dormir en el edificio. Eso sí, tuvimos que esperar hasta las 12 de la noche, en que cerraban la frontera, mientras soportábamos a Sofovich en el televisor.

 

5. En Chile

Otra noche con dolor de cabeza, pero sin frío. El puesto fronterizo está a cuatro kilómetros y 200 metros más abajo del Paso de Jama propiamente dicho. Sin posibilidad de tomar aliento, salimos de la gendarmería temprano por la mañana y nos encontramos subiendo una dura cuesta hasta llegar al hito que separa los dos países. Desde allí, hacia el lado argentino, una vista magnífica de salares y volcanes, con la extensa puna abajo, mientras que, hacia el chileno, la subida continuaba. El cartel y la numeración de la ruta marcaban 157 kilómetros hasta San Pedro. Una subida dura nos esperaba, hasta superar los 4.800 metros, pero luego la ruta bajaba rectamente hasta los 2.300 del poblado que era nuestro objetivo. El problema era cuánto se subía y cuánto se bajaba. Por lo que sabíamos, el descenso hasta San Pedro era de por lo menos 70 kilómetros, pero los informes eran contradictorios. Los gendarmes decían que la parte más alta del camino, el Abra de la Pacana, estaba entre 40 y 60 kilómetros del límite. Desde ahí, todo sería bajada. En Susques, un camionero brasilero nos había dicho que el punto más alto de la ruta era el kilómetro 45 del lado chileno. El mojón de la frontera era el 157. Quizá porque nos hicimos esa idea por los comentarios que recolectamos, pensamos que se trataba de 45 kilómetros desde la frontera.

Una vez en Chile el paisaje se hizo más desértico. Subimos unas centenas de metros y luego empezamos a bajar, rodeando espectaculares salares y lagunas de un verde oscurísimo, como el del agua de mar. Las vicuñas abundaban. Fuimos rodeando los salares de Quisquiro y Tara y la Reserva Nacional Los Flamencos. Un paisaje fantástico, con la cordillera de los Andes extendida en varios cordones a lo largo de la altiplanicie que, como nuestras piernas lo comprobaban permanente, nunca era una planicie. La ruta estaba en buen estado, pero las señales estaban casi todas caídas por la potencia del viento. Un indicador de lo que nos esperaba al caer de la tarde.

Dimos vuelta al último salar y empezamos a subir una nueva montaña, en medio de dunas de arena barridas por el viento. A lo lejos, detrás de una curva, comenzó a verse la cumbre de la Pacana, el punto más alto del viaje. Unas rocas enormes sobresalían de la arena, como menhires gigantes, distribuidas caprichosamente en las laderas. Con buen tino, los chilenos las llaman “los monjes”. Las ráfagas eran cada vez más fuertes y, como no podía ser de otra manera, en contra y de costado. Para el tándem, la peor combinación, pues su longitud lo expone mucho más que una bicicleta normal.

A partir de las 3 de la tarde la lucha contra el viento se hizo durísima. Subíamos trabajosamente y el viento nos azotaba fuertemente y amenazaba con voltearnos. Cuando la camioneta nos alcanzó, casi no podíamos avanzar. Finalmente, hicimos aproximadamente un kilómetro empujando el tándem, porque el viento nos hacía perder el equilibrio constantemente. A eso se agregaba que la ruta era tan empinada que entre la inclinación y el vendaval nos impedían tomar impulso para subirnos a la bici una vez que nos habíamos tenido que bajar. Empujamos hasta una curva donde encontramos un precario refugio que nos cubría algo del viento. Para ese entonces, estábamos ateridos de frío y muertos de cansancio.

Esta vez, Noel e Isidoro, el chofer de la camioneta y el camarógrafo, decidieron quedarse con nosotros. El viento hacía muy difícil armar la carpa, por lo que tiramos las bolsas de dormir en la parte de atrás de la camioneta. El olor a gasoil competía con el dolor de cabeza para ver cuál descomponía más. La altura de la Puna ganó ampliamente: estábamos a 4.570 metros.

 

6. La Pacana

El trabajo contra el viento del día anterior nos había dejado bastante cerca de la cima. Un zigzag de 4 kilómetros, algunos de cuyos tramos eran de una pendiente muy fuerte, nos llevó hasta el punto más alto de todo el recorrido, el que estábamos esperando desde hacía días, el Abra de la Pacana. El GPS marcó 4.830 metros sobre el nivel del mar.

Sin embargo, la bajada se hizo esperar. El descenso era suave, y después de algunos kilómetros en que hicimos varias curvas hacia abajo, empezamos a rodear lagunas y manchones de sal que teñían los costados del camino, cercados de montañas. No nos preocupamos, porque sabíamos que había que superar otra cima y que estábamos en una suerte de meseta que inevitablemente tendría que volver a subir. Sin embargo, ya habíamos pasado el kilómetro 95 en el abra y llevábamos más de 10 bajando y volviendo a subir. En el kilómetro 70 aproximadamente, salimos de entre las montañas y tuvimos que trepar una empinada cuesta hasta llegar a una extensión desértica, donde se percibía una larga bajada. Sin embargo, adelante se veían más montañas. ¿Sería esa la bajada final?

Por supuesto, no lo era. Pronto la ruta volvió a subir. Noel nos decía que el GPS marcaba de nuevo 4.700 metros de altitud. Superamos otra cuesta durísima y llegamos a un mirador, desde donde se veían más montañas y más subidas. Ya habíamos pasado largamente el mediodía y estábamos cansados, física y mentalmente. Volvimos a superar los 4.820 metros, estábamos casi en la altura de la Pacana nuevamente, y el descenso no se veía. La ruta seguía alternando subidas y bajadas, rodeando un enorme volcán, el Licancabur, de casi 6.000 metros de altura, y otro que lo acompaña, chato en la cima, como si le hubieran cortado la cabeza, negro e imponente. La frontera entre Chile y Bolivia estaba cerca, a sólo 5 kilómetros.

Finalmente, empezamos a hacer unas curvas donde se alternaban bruscos descensos con subidas igualmente fieras, hasta llegar al bendito kilómetro 45. Estábamos a casi 4.500 metros. Habíamos bajado 300, pero a costa de un subir y bajar permanente muy desgastante. Un cartel señalaba el camino hacia el límite boliviano, al pie del gigantesco Licancabur, y otro indicaba el comienzo de la pendiente hacia el desierto.

Cansados, temerosos del viento fuerte de costado que ya había estado a punto de hacernos perder el equilibrio en uno de los descensos anteriores, empezamos a bajar. Pasamos un camión cargado a 50 km/h y tomamos cerradísimas curvas con las manos en los frenos, cuidando no sobrepasarnos con la velocidad en el sinuoso camino.

No volvimos a pedalear en 30 kilómetros. El descenso era vertiginoso e inagotable. Al fondo se veían entre brumas el pueblo de San Pedro y la ciudad de Calama, 100 kilómetros más allá. Cordones montañosos cortaban el desierto de Atacama e impedían la visión del Pacífico. Pronto la ruta dejó de tener curvas y se convirtió en una recta interminable. Algunas cruces marcaban los lugares donde se despeñaron camiones y trozos de metal esparcidos por los costados mostraban las huellas de los accidentes.

10 kilómetros antes de San Pedro de Atacama el camino se estabilizó y volvimos a darle a los pedales, con la compañía siempre molesta del viento. Un campo minado, con su ominoso cartel rojo con la calavera, nos recordó los tiempos de tensión y conflicto entre Argentina y Chile. Por suerte, el Paso de Jama es ahora una demostración de que esa historia quedó atrás.

A las 5 de la tarde, después de hacer en ese día 105 difíciles kilómetros, habiendo superado alturas de más de 4.800 metros y un descenso de 35 kilómetros, entramos en San Pedro de Atacama.

Nuestro cruce de Jama terminó allí. Fueron seis días de pleno esfuerzo por paisajes increíbles, que por momentos parecían, literalmente, de otro planeta, a lo largo de 460 kilómetros, subiendo y bajando, cruzando seis cordones montañosos de entre 4.000 y 4.830 metros, bordeando salares y lagunas de altura.

No sabemos a ciencia cierta si es la primera vez que se realiza este cruce en tándem. En todo caso, la intención era probarnos a nosotros mismos que estamos a la altura del mayor desafío, una vuelta al mundo en bicicleta tándem

 

 

 

Listos para partir desde Tilcara.

 

 

Comenzando la cuesta de Lipán.

 

 

En el refugio de piedra en

 Ronqui Angosto.

        

Una rara visión verde de la Puna.

Cargando sal en las Salinas.

  

Llamas curiosas en Archibarca.

           

En la frontera, a 4270 m.sn.m.

  

Salares chilenos.

          

En tándem a 4800 metros.

     

Empezando el descenso.